Número de emergencia



El 911 es el número en el que cualquier ciudadano puede hacer una denuncia anónima o solicitar auxilio. El número de emergencia en Estados Unidos (y en otros países) ha dado pie para realizar múltiples películas. En México, de modo sintomático, la denuncia anónima como tal es empleada casi exclusivamente para reportar una llamada de extorsión, o si notamos “algo sospechoso” en nuestro barrio o en nuestra calle. Claro, es anónima para proteger nuestra identidad.

Hay, sin embargo, otro tipo de denuncia. O debería haberla. La denuncia directa, abierta, personal; una vía en la cual podamos denunciar, como en el 911, todo tipo de atropellos que experimentamos a diario y en carne propia. Porque el mundo post pandemia se ha vuelto un lugar más anómalo de lo que creíamos. Un mundo en donde predomina la ley de la selva y del más fuerte. O simplemente un mundo en el que imponemos o zozobramos todos por igual: ¡sálvese quien pueda!

¿Por qué no implementar, entonces, un número de emergencia en el cual uno pueda denunciar “abiertamente”, por ejemplo, a sus vecinos? Intentar dialogar con ellos es algo impensable las más de las veces, pues ellos tienen sus derechos (y vaya que los tienen) y, además, uno también debe tener lo suyo y puede resultar molesto “y ni quien te diga a ti nada…”

Así las cosas, las autoridades competentes habrían de esforzarse en crear sociedades un tanto más sinceras, más francas a la hora de expresar sus inconformidades (incluyendo sus neurosis), en donde el ciudadano común no tenga necesidad de “ocultarse” en el anonimato para demandar no sólo seguridad y protección, sino para exigir, mínimo, un poco de cordura y un buen rato de silencio.

Imaginemos, por ejemplo, una llamada ciudadana en la que se solicita que una vecina baje el volumen excesivamente alto de su música de banda grupera; o que se atienda con presteza los persistentes ladridos de los perros provenientes del exterior (de los otros departamentos y de las casas vecinas); o en la que se pida que el sujeto de las tortillas que pasa todos los días en su moto por la calle no grite ni pite de ese manera…

Podríamos, por lo tanto, empezar por suprimir la idea del 911. Abolirlo y crear el número de emergencia 000: “Sí, le atiende Jazmín.” “Señorita, me gustaría reportar a un tortillero virulento y escandaloso, un perrito faldero que ladra como si tuviera una tos seca el día entero y a una vecina rolliza y resentida con la vida, todos altamente perniciosos para mi salud y el medioambiente. Mi nombre y mi dirección es tal y tal. Estoy trabajando y no logro concentrarme”.

La voz cálida de Jazmín, la operadora, al otro lado de la línea: “Enseguida reporto su denuncia.” Y luego de unos segundos: “Enviaremos a la brevedad otro tortillero, otro perro y otra vecina a su domicilio, que sustituyan y erradiquen en lo posible estas prácticas antisociales. Mil disculpas”. “Gracias, linda. Le dedicaré mi próxima obra literaria.”

 

Edgar Aguilar (Xalapa, 1977) es poeta y narrador. Premio de Poesía Jorge Cuesta (2000). Ha publicado Ecos (poesía, 2007), La torta y otros relatos menos crueles (cuento, 2010), Trazos fugaces. Juegos de luz y sombra (haikús, 2016), Poemas de un loco (poesía, 2016), El hombre de la casa de al lado (cuento, 2017) y Manchas de tinta (aforismos y breves dictados, 2019) y Retrato del artista pigmeo (novela, 2021) en E1 Ediciones. Colaborador de suplementos culturales y revistas literarias como Casa del Tiempo, La Palabra y el Hombre, El Puro Cuento, Literariedad (Colombia), Dialektika (Cuba), Pauta, Dosfilos, Periódico de Poesía, Deslinde, La Cultura en México, Este País, Laberinto y La Jornada Semanal, entre otras publicaciones.



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