Las reglas del mercado

Actualizado: 27 ene


Muchos de los que nos encontrábamos esa tarde en el auditorio del Museo de Arte Carrillo Gil, en la Ciudad de México, quedamos asombrados y apesadumbrados al final del evento. Corría el año de 1985 y se desarrollaba la presentación del libro Lo que Cuadernos del Viento nos dejó, escrito por Huberto Batis, quien ahí presente comentó que él y sus acompañantes en el presídium acudirían más tarde a un coctel en el que Grupo Planeta anunciaría la compra de la editorial Joaquín Mortiz.

Salimos del museo y mientras caminábamos por avenida Revolución rumbo a Altavista, repasábamos con tristeza lo que esa transacción significaba: el principio de la desaparición de la editorial independiente más relevante de México. Durante los años sesenta y setenta del siglo XX, Joaquín Mortiz publicó los libros de muchos jóvenes que en pocos años se convirtieron en los más importantes escritores mexicanos del momento. Pero no sólo era la desaparición de un sello editorial lo que entonces nos incomodaba, sino también constatar que el mercado imponía sus reglas y amenazaba con distorsionar las líneas verdaderas de la literatura.

Quienes pensábamos así en esos años nos sentíamos radicales y por ello olvidábamos que la relación entre el mercado editorial y la creación literaria es muy antigua, pues prácticamente se origina cuando nace el libro que, al ser un objeto, de inmediato fue convertido en mercancía. Luego, la invención de la imprenta multiplicó la existencia de los libros y con ello se creó una red comercial que muy pronto absorbió a los propios autores. Ya en el siglo XIX, los vendedores de libros solicitaban obras atractivas, es decir, vendibles y los escritores no dudaban en proveer esa demanda. Existen historias verdaderamente trágicas sobre la relación entre autores y editores en aquellos años, por ejemplo, la de Emilio Salgari, quien terminó en el suicidio agobiado por la presión de su editor a quien le había entregado ya todas las ganancias de sus libros presentes y futuros.

También olvidábamos que, para ser sinceros, a la mayoría de los escritores les agrada ser leídos y producen sus obras con la mirada puesta en el gran público. Los tiempos que corren actualmente no son muy diferentes y, si lo vemos de manera pesimista, podemos decir que el mercado editorial finalmente impuso sus reglas. No podemos dejar de asombrarnos cuando Mark McGurl describe, en su libro Todo y menos: la novela en la era de Amazon, la manera en que Amazon orienta a los escritores que utilizan su servicio de autopublicación. Esa multinacional, gracias a sus muy bien desarrollados sistemas algorítmicos, le recomienda a los autores qué forma deben tener sus escritos para atraer a un tipo determinado de público. Con ello es el mercado quien termina por establecer incluso las líneas creativas. Por supuesto que quien más gana al final no son los escritores, sino quien vende sus libros. McGurl es un extremista y por ello nos muestra un panorama apocalíptico, por lo tanto poco realista, pero nos hace reflexionar sobre la vocación literaria.

El deseo de ser reconocido como escritor lleva en ocasiones a verdaderos excesos. Se cuenta de un grupo de jóvenes muy entusiastas e impacientes que decían ser capaces de hacer cualquier cosa con tal de pertenecer al olimpo de la literatura. Alguno que los escuchaba se decía para sus adentros: sí, serían capaces de hacer cualquier cosa para lograr su meta, incluso serían capaces de aprender a escribir bien.

El párrafo anterior retrata nuestra situación actual. Abundan quienes confunden la fama con la buena calidad literaria y por ello ocupan la mayor parte de su tiempo en utilizar las herramientas gratuitas de las redes sociales para tratar de promoverse, en busca de la meta de ser muy conocidos, aunque no sean leídos.

Es imposible culpar a un joven escritor por desear la fama, pero no debemos olvidar que los libros se escriben para ser leídos y que los buenos lectores también ponen sus reglas. Recordemos que uno de los derechos fundamentales del lector, como bien lo señala Daniel Pennac, es el de no terminar un libro. Los lectores terminan de leer las obras bien escritas, las que muestran ser producto de un oficio aprendido luego de años de trabajo ininterrumpido. El olimpo de la literatura está integrado por esos grandes artesanos de la palabra que no necesariamente son los más reconocidos.

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