Dos lectores de fábula


Una novela conformada por diez novelas inconclusas y en la que el lector participa en su construcción, no sólo como espectador sino también como personaje. Sí, una novela así existe, eso lo saben muchos y yo mismo había escuchado hablar de ella, pero no había recorrido sus páginas sino apenas ahora, cuando han transcurrido ya 42 años desde que Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, fue publicada.

A veces un libro te acompaña durante muchos años antes de que lo leas y cuando finalmente lo haces entiendes que, por alguna razón, ese es el momento adecuado para el encuentro entre tú y ese cúmulo de palabras elegidas por un autor. En este caso, además, vale la pena decir que se trató de un encuentro fortuito, pues en realidad di con Calvino cuando leía un ensayo de Umberto Eco incluido en su libro Seis paseos por los bosques narrativos, que deja muy en claro la forma en que ambos italianos entendían el papel creativo o, si se prefiere, constructivo del lector en la literatura.

Umberto Eco piensa que algunos creerían que su libro Lector in fabula es la versión teórica de Si una noche de invierno un viajero, aunque en realidad se trata de una verdadera coincidencia intelectual, pues ambos libros fueron publicados el mismo año. Lo cierto es que la novela de Calvino logra no sólo explicar, sino verdaderamente mostrar lo que es un lector, consigue integrarnos a la obra literaria y ser partícipes de la construcción de un espectáculo literario deslumbrante. O más bien dicho, logra hacernos conscientes de que cada vez que leemos participamos en la construcción de la obra.

Pero creo que por la manera en que me he expresado, parecería que la novela de Calvino es una especie de elucubración intelectual y que no tiene nada de narrativa. Sin embargo, se trata justamente de lo contrario, es la maximización de la invención de historias, es un espectáculo en el que las narraciones se interrumpen constantemente, para convertirse en nuevos relatos hasta conformar una trama de manera magnífica. Además encontramos en ella personajes y hechos de lo más singulares y vale la pena citar al menos dos: una sultana que obliga a su esposo, el sultán, a mantenerla provista de novelas de su agrado de manera constante o una banda de mozalbetes pertenecientes a una organización dedicada al robo de manuscritos con los que luego negocia en el bajo mundo del mercado editorial (sí, ladrones de manuscritos como Filipo Bernardini).

La lectura de esta novela de Calvino nos lleva a todos los libros, encontramos en ella resabios de Las mil y una noches, de Borges y de su jardín de senderos que se bifurcan, de Stevenson, de la novela policiaca, pero sobre nos lleva a entender que la literatura tiene una función única y no está al servicio de otras disciplinas, por eso la lectora, personaje de la novela, afirma:

"La novela que más me gustaría leer en este momento -nos dice Ludmilla- debería tener como fuerza motriz sólo las ganas de contar, de acumular historias sobre historias, sin pretender imponerte una visión del mundo, sino sólo hacerte asistir a su propio crecimiento, como una planta, un enmarañarse como de ramas y hojas…"

Por eso es que leer a Calvino en estos momentos entusiasma tanto, porque ayuda a entender que ante el cúmulo insuperable de títulos que nos salen al paso tenemos, los lectores, derecho a desechar aquellos que no nos envuelven con pasión en sus historias. Quizá el propio Calvino diría que una novela así seguramente pasó por las manos de un representante de la "OEPHLW (Organización para la Producción Electrónica de Obras Literarias Homogeneizadas)", organización que, por cierto, no es invento mío sino del propio Calvino.

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