Caldear la casa


Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611), define al «hogar» como «el lugar donde se enciende la lumbre y el fuego, para el servicio común de una casa». Hogar viene del latín focus, es el «lugar de la casa donde se prepara el fuego». Los que habitan la casa se concentran alrededor del hogar, es un punto central, para calentarse, conversar, compartir algún alimento. Encender el fuego con leña o con algún otro combustible indica resguardo, cobijo. La parte superior de la estufa es el lugar privilegiado de la casa, se lo reserva a las personas mayores o a los enfermos, para que tengan un descanso cálido. El calor del hogar no es para estar acomodado, no es un calor que fatiga ni de bochorno. Es un calor que acerca, es el centro de la casa; centro que reúne y orienta.

El frío deja azulados los dedos, la consciencia, las posibilidades. Escarcha los miembros, al igual que nuestra condición humana. El cuerpo se esfuerza por contener el calor, pero sólo consume, leña, combustible, pensamientos, consuelos.

Sus cartas las envía desde Niza, Basilea, Sils-Maria, Rapallo. Friedrich Nietzsche necesita mitigar el frío. Le escribe a Franz Overbeck el 20 de enero de 1883: «No habrá estufa, este invierno he padecido el frío como nunca». El 2 de septiembre de 1884 a Heinrich Köselitz: «Aquí sin estufa, congelado y con las manos pálidas será difícil que resista por mucho tiempo –debería, desde luego, conseguir una estufa». Nietzsche insiste, desde Niza, el 31 de octubre de 1887 le escribe a su madre «una pequeña carta sobre la estufa», el filósofo sufre mucho a causa del frío, «en estos momentos me pone los dedos azules y me provoca sensaciones horribles: ¡qué pasará cuando llegue el auténtico invierno!». La estufa llega en el transcurso de tres semanas. Nietzsche le cuenta a Köselitz que desde esa mañana del 24 de noviembre de 1887, disfruta de un gran alivio, se halla en su habitación un «ídolo del fuego», una pequeña estufa, le confiesa que ha dado a su alrededor «unos cuantos saltos paganos». Hasta ese día, el tiempo ha sido una helada que le hacía tiritar y ponía azules sus dedos, y en esas condiciones tampoco su filosofía se «mantenía sobre los mejores pies». Un día antes le envía una tarjeta postal a Overbeck, donde le comenta que ha disfrutado de un «redoblado calor del sentimiento». Cada día la enciende a las seis de la mañana. Tiene su habitación caldeada.

Soplarse los dedos helados. Cuando la casa, el cuerpo, los pensamientos, están caldeados, aparecen los gestos cálidos de amparo, evitan—como lo escribió Nietzsche—los pensamientos gélidos, reparan en el trato distante con alguien. Los que están en la intimidad de la casa caldeada, salen para caldear lo que está afuera, cuando la vida humana se exterioriza, se sitúa en la intemperie, y casi siempre es expuesta.

No solamente se trata de un frío meteorológico, hay también uno que mella nuestra condición humana. Es la frialdad que todo lo penetra, así lo advirtió Theodor Adorno, se trata de la indiferencia. Es no prestar atención a lo que acontece con algo o con alguien; al indiferente todo le da igual. Dar todo por sentado. Es difícil resguardarse, cobijarse, caldearse, de este frío que es constante, pero se lo puede afrontar, resistir.




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Angelo Medina Lafuente (Bolivia, 1991) estudió música y filosofía. Asistió a diferentes cursos de historia del arte. Colabora con diferentes revistas de México y España. Ha publicado Pensar con el oído (E1 Ediciones, México, 2020).

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